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1arte.com | JUAN EIZAGUIRRE

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Ya sean rocas o elementos urbanos - una carpa, un trozo de tela, una escultura -, el análisis se impone, convirtiendo la preocupación formal en juegos con el espacio, donde la perspectiva, el eje o el símbolo adquieren protagonismo. La naturaleza no desaparece por completo, ya que eso seria desvirtuar el sentido profundo de su vocación artística, pero esa presencia se reduce al mínimo: un trozo de mar, de montaña o de playa apenas entrevista en el horizonte. Adivinamos, mediante esa breve presencia, que el autor esta en la naturaleza y preocupado por ella, quizá contemplando un paisaje, pero esa impresión inmediata se traduce en una inquietud casi filosófica donde el encuentro con lo conceptual es evidente: el juego con los volúmenes, con los colores, con la perspectiva y la combinación misteriosa entre esos elementos. Hay, desde luego, una preocupación por el misterio de un hombre que se siente vasco: la presencia de Donostia es evidente en toda la muestra, y eso incluso cuando su pupila se fija es esas rocas que se acumulan en la zona costera para proteger los muros de un acantilado o de la desembocadura del Urumea. En esos bloques de hormigón vemos la arena en que se asientan o el mar que los azota, aunque al pintor lo que le preocupa es la investigación sobra la materia inerte: las grietas y su misteriosa formación, el extraño matrimonio entre el color y el volumen, lo que en la materia hay de virtual. Quizá esa preocupación alcanza un nivel paradigmático es esas breves chapas, donde el juego plástico con el color se hace protagonista. La pupila ingenua del niño que hay en este pintor hace su presencia lúdica, juguetona, traviesa. Aquí, una vez mas, la mirada profunda del autentico creador se nos impone por encima de todo y hace que nos inclinemos con reverencia ante un artista de cuerpo entero.

José Luis Abellán | Presidente del Ateneo de Madrid | 2001.




El protagonista incuestionable de estos lienzos es el mar. Las playas de Donostia, sus carpas, sombrillas, que dejan la nota de color; pero también las rocas de los espigones, llevadas allí por el hombre, que dan aspecto de paisaje casi lunar, árido y extraño. Cada una de esas figuras parece cobrar vida propia independiente de cualquier significado anterior que nosotros les podamos adjudicar. Es como si hubieran encontrado su verdadero sentido convirtiéndose en formas y en pintura.

En realidad eso es lo verdaderamente novedoso de estas obras el tratamiento de algo ya arraigado en el arte como es el mar. El hace que lo dominante sean las formas contundentes y los colores contrastantes. Aunque sepamos perfectamente que es lo representado, la forma llega a tener tal fuerza que podemos ignorar las figuras y mirarlo casi como se de una pintura abstracta se tratara.

Colores planos, extraños puntos de vista, geometrías que parecen sacadas de un libro d dibujo técnico pero que han sido atravesadas por la mano y el pincel de este artista, dándoles otra vida.

Pinturas realistas pero que aparecen lejos de toda realidad. Parecen vistas a través de un filtro para convertirlas en lo que ahora son: verdad plástica. Ese acto de intelectualización de lo cotidiano es lo que hace de los cuadros de Eizaguirre algo interesante y no un ejemplo mas de la pintura realista, costumbrista.

Leticia Martín Ruiz | 2001



La obra de este vasco trasterrado a Madrid hay que mirarla y admirarla. No hay que leerla. No dice nada. Solo transmite, como corresponde a un buen artista, una sensación. La del autor frente al modelo. Nosotros, los espectadores, podemos cotejar si nuestras sensaciones coinciden con la suya o no. Si nos aportan algo nuevo, o no. Si merece llevarla a casa o no. Porque a la vista está, Eizaguirre no quiere convertirse en el portavoz ni en el interprete de una ciudad. Solamente aporta su visión personal al acervo común. No da su opinión. De ahí que su pintura llegue al espectador suavemente, sin gritos ni imposiciones. Y se cuela en el interior y se queda ahí. Porque pinta intentando huir de lo fácil, de lo anecdótico, de todo aquello que el tiempo o la moda arrastran tras de sí. Lo que queda en el recuerdo de un visitante no es tanto un objeto, como una impresión, una idea, un ambiente. Un "aire" que decimos por aquí. Y ahí es donde Juan acierta plenamente, en saber dar con el ambiente peculiar, particular.

José María Arenaza | Bilbo arte | Catedrático de Bellas Artes | 1999







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